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lunes, 23 de marzo de 2009

País de las flores


En el País de las Flores reinaba la amistad, la felicidad y la alegría, y eso se reflejaba en las flores que crecían por todas partes. Flores blancas, amarillas, rojas, verdes, rosas, azules..


¡Sí, también había flores azules!. Había flores de todos los tamaños, formas y colores.


Los pájaros cantaban de alegría ante tanta belleza. Al llegar el invierno Pichín, un pajarito azul tenía que emigrar con mucha tristeza y buscar otro país más cálido,, aunque nunca encontraba un país tan hermoso como el País de las Flores.


En este país siempre había flores, incluso en invierno, las flores crecían entre la nieve y el hielo. El secreto de este misterio era la paz y el amor que practicaban sus habitantes.


Pero este invierno sería diferente…


Andrés y Jaime eran dos hermanos gemelos que siempre habían compartido todo, eran muy amigos y nunca habían discutido, al igual que el resto de habitantes del País de las Flores.

Por su cumpleaños, su mamá les regaló una bicicleta a cada uno, una era de color verde y la otra era de color azul. Cuando los niños vieron las bicicletas se pusieron muy contentos, pero ambos querían la bicicleta verde. A la mamá de los niños le fue imposible encontrar otra bicicleta verde, así que les dijo: “Ninguno cogerá una bicicleta hasta que no os pongáis de acuerdo y hagáis las paces” Los niños se enfadaron muchísimo y prefirieron no jugar con las bicicletas antes que ponerse de acuerdo.


Se enfadaron tanto que la paz y la alegría del País de las Flores desapareció. Las flores comenzaron a desaparecer poco a poco, hasta que los colores desaparecieron y todo tenía un triste color gris.


Al llegar la primavera, Pichín volvía con alegría a su país favorito, pero al llegar no podía creer lo que estaba viendo. Los campos y jardines ya no existían, todo el mundo estaba triste y enfadado, ya no había flores y el color y la alegría se habían transformado en tristeza. Pichín vio una florecilla que apenas tenía fuerza para permanecer de pie, se acercó a ella y le preguntó ¿Qué ha pasado con las flores? ¿Por qué hay tanta tristeza? La flor apenas podía hablar, pero le contó todo lo que había pasado.


Entonces Pichín comenzó a volar sobre el país buscando a los hermanos pero la tristeza había invadido todas las casas y era imposible localizarlos, así que comenzó a cantar, fue de casa en casa alegrando a todos los niños y niñas, que al oírle salían de sus casas asombrados de que alguien estuviera tan contento como para cantar.

Poco a poco todos fueron recuperando la alegría y las flores comenzaron a crecer, llegaron más pajarillos que ayudaban a Pichín a devolver la alegría y la vida al País de las Flores. Y así poco a poco todo volvio a ser como antes, todo menos la casa y el jardín de los hermanos que habían discutido..


Ahora le fue más facil a Pichin encontrarlos, ya que en todas partes crecían las flores menos alrededor de la casa de Andres y Jaime. Entonces Pichín y sus amigos se acercaron a la casa y todos juntos comenzaron a cantar con mucha alegría, tan fuerte cantaron que Andrés que estaba en la planta de arriba se asomó por la ventana para ver que pasaba, Jaime que estaba en el garaje tambien se asomó muy curioso para ver que pasaba.


Los dos hermanos corrieron a la puerta de la casa y se quedaron boquiabiertos contemplando como los pájaros cantaban frente a ellos y como los niños jugaban juntos con alegría y las flores crecían por todas partes, les dio mucha tristeza ver como en su casa no había flores y toda su familia andaba triste y muy preocupada, entonces Andres y Jaime se miraron y con los ojos llenos de lágrimas se dieron un gran abrazo. ¡Por fin hicieron las paces!


Las flores comenzaron a crecer también en su jardín y su mamá que vio como se abrazaban se puso muy contenta y salio para abrazarles también.


Después de todo el invierno sin jugar Andrés y Jaime aprendieron discutir por un juguete no es motivo para que la tristeza gane a la alegría, desde ese momento compartían todo y no había nada que no fuera de los dos.

lunes, 14 de abril de 2008

Las palabras mágicas


Mariana era una niña caprichosa y engreída. Creía tener derecho a todo lo que se le antojaba. Le perteneciera o no.

También creía ser la más hermosa, la más inteligente, la mejor de todas las niñas. Por esa razón pensaba que todos deseaban estar con ella, jugar con ella y pasar el tiempo con ella. Y por esa razón debían estar sumamente agradecidos.

También podía contestar de mal modo sin pedir disculpas o burlarse de los demás sin medir las consecuencias. Como cuando uno de sus amigos se cayó y ella en lugar de ayudarlo se largó a reír.
Un hada que pasó justamente y vio lo que sucedía, decidió darle una lección. Mariana debería aprender las palabras mágicas. El hada tocó a sus amigos con su varita y ellos rápidamente se cansaron de su actitud veleidosa y pizpireta, y decidieron no salir más a la vereda. Se quedaron jugando detrás de la reja en el jardín de su casa.

Mariana salió y no los vio. Le llamó la atención que no pasaran a buscarla. Justo a ella que garantizaba la diversión y ahora tenía una nueva bicicleta color rosa tornasol.
-¡Qué tontos! -pensó. Y salió a dar vueltas alrededor de la manzana.

Al pasar por la reja vio a todos sus amigos disfrutando bajo un árbol.

Entonces les dijo:
-¡Tengo una bicicleta nueva!

Pero los amigos no la escucharon. Gritó más fuerte:
-¡Ey, Aquí estoy yo!

Pero los amigos parecían estar sordos.

Volvió preocupada a su casa, y le pidió a su mamá una muñeca nueva:
-Quiero una muñeca Barbie vestida de playa. El hada también tocó con su varita a sus padres.

-Pero si tienes veinte muñecas. Juega con esas- respondió la madre.

-Ya te dije que quiero una vestida de playa.

-¡Pues no!- dijo la madre por primera vez, ya que nunca le había negado nada.

Mariana se pescó una rabieta tirándose al suelo pataleando y gritando. Pero su madre hizo oídos sordos hasta que se calmó.

Se encerró en su habitación a estudiar la lección para el día siguiente. La aprendió a la perfección para dejar a todos boquiabiertos.

Pero el hada madrina, también sacudió su varita sobre la maestra y los compañeros.

Cuando llegó el momento de tomar la lección, la maestra pidió que levantaran las manos y Mariana la levantó rápidamente al grito de ¡Yo, yo, yo!

La maestra, parecía no verla ni escucharla. Todos los que levantaron la mano, dieron su lección, menos Mariana que se revolvía de rabia en su pupitre.

Volvió a su casa muy triste. Jamás le había pasado algo así. Y no sabía como hacer para revertir esta dificultad. Pensó y pensó sin encontrar la solución del problema que la afectaba.
Mientras dormía el hada se le apareció en sus sueños y le enseñó la importancia de las palabras mágicas: ¨PERDÓN¨, ¨POR FAVOR¨ Y ¨GRACIAS¨.
Al día siguiente Mariana le pidió PERDÓN a su mamá por la rabieta y le dio las GRACIAS por la nueva bicicleta.

Fue a visitar a sus amigos y les pidió POR FAVOR que abrieran la reja para jugar con ellos, y sus amigos la dejaron pasar. Luego les dio las GRACIAS por invitarla. Luego le pidió PERDON a uno de sus amigos por haberse reído cuando se cayó dolorido en la vereda. Y él la perdonó.

En el colegio, pidió POR FAVOR que le permitieran dar su lección y la maestra la felicitó.

Cuento de Bianca Otero

lunes, 10 de diciembre de 2007

Una vaca en el salón

Había una escuela muy bonita cerca de una granja.

Era el primer día de clases y los niños de kinder estaban sentados, calladitos y muy contentos. "Voy a pasar lista. Digan presente cuando escuche su nombre." dijo la maestra.

Una vaca había entrado al salón por la puerta de atrás y al ver a los niños callados y sentados, también se sentó. Nadie se había dado cuenta de que la vaca estaba en el salón.

Cuando la maestra terminó de pasar lista preguntó:
"¿Hay algún estudiante que no escuchó su nombre? "
"¡Muu! " hizo la vaca.
"¡Una vaca en el salón!" gritaron a coro los estudiantes sorprendidos.
"¡Muuu! ¡Muuu!" mugió la vaca.

" ¡Por favor, hagamos silencio, para que la vaca no se asuste! La pobre está perdida." dijo la maestra.
Los estudiantes hicieron silencio y la vaca se quedó sentada, quietecita. La maestra le pidió al conserje de la escuela que fuera hasta la granja y le dijera al granjero que la viniese a buscar.

"Cantaremos la canción Mi Escuelita, en lo que vienen a buscar a nuestra amiga." dijo la maestra sonriendo. Todos comenzaron a cantar.

"Mi escuelita, mi escuelita,
yo la quiero con amor."

Los estudiantes cantaban con tanto gusto y entusiasmo que la vaca también se puso a cantar.

"¡Muu!, Muu!, Muu!, Muu!
¡Muu!, Muu!, Muu!, Muu!"

Los estudiantes al escucharla, improvisaron un final gracioso para la canción.

"Porque en ella, porque en ella
¡hay una vaca en el salón!"

Fue un primer día de clases muy especial.

© Andrés Díaz Marrero, 2007





A mi nieta Anaís
en su cumpleaños



Mi Escuelita

Mi escuelita, mi escuelita,
yo la quiero con amor,
Porque en ella, por que en ella,
es donde aprendo mi lección.

Por la mañana muy temprano,
lo primero que yo hago
es saludar a mi maestra
y después a mi trabajo

La Mosca


Esa noche, ella lo vio abrir la alacena.

Entonces, voló por encima de la cabeza del hombre; para desde lo alto observar la malévola sonrisa que a él le lucía en el rostro al extraer el matamoscas que allí guardaba.


El hombre corrió tras ella abanicando el aire con golpes que tiraba hacia arriba, hacia abajo, a la derecha, a la izquierda, hacia todos lados.

Pero ella volando en hábil zig zag se le escapaba.

Tras una larga y agitada persecución, la mosca, sentíase tan y tan cansada que apenas podía volar; por lo que fue a pararse sobre la lámpara de la habitación.

El hombre se rió con una gran carcajada; midió bien la distancia; y descargó el golpe...

¡La pobre, apenas pudo escapar!

El azote fue a dar sobre el foco encendido, rompiéndolo.

La habitación quedó a oscuras.

Y como el hombre no tenía otro bombillo de reemplazo, la mosca supo que, esa noche, podría descansar tranquila.

Antes de dormirse la mosca susurró : -Bueno, ¡mañana será otro día...

© Andrés Díaz Marrero

lunes, 26 de noviembre de 2007

Buenos Amigos

Cierto día el pajarito Pipo le preguntó a su mamá,
-¿Mamá, puedo ir a la casa de mi amigo Lilo a jugar?
-Sí puedes, pero sólo por un rato porque tenemos
que ir a visitar a tu abuela.-Le respondió la mamá.




Lilo era un gatito.
Lilo no tenía alas,
pero tenía bigotes.





Pipo no tenía bigotes,
pero tenía alas.




A Lilo le gustaba beber leche.




A Pipo le gustaba
comer semillas.




Ambos eran diferentes. Pipo y Lilo eran muy buenos amigos. Ese día jugaron mucho y se divirtieron.

Pipo regresó a su casa muy contento. La mamá de Pipo le preguntó, -¿Te divertiste?
-Mucho. -Respondió Pipo. -¡Es bueno tener amigos!

La Competencia de Patinetas




Don Sapoconcho había reunido a los animales del monte en un claro cerca de la quebrada. Allí con su gran voz hizo el anuncio: __El próximo domingo, a las diez de la mañana, será la competencia de patinetas. En la misma podrán participar todos los que deseen. Habrá un gran premio para el ganador...

__¿Cuál será el premio? __le interrumpió la grulla

__El premio consistirá de un viaje con gastos pagados alrededor de Puerto Rico, incluyendo a las islas de Vieques y Culebra. __Le contestó don Sapoconcho, disimulando la interrupción.



__¡Ese premio lo gano yo! __exclamó el guaraguao.

__¡Eso lo veremos! __le replicó el gorrión.

__Ya comencé a entrenar __le murmuró el múcaro, en el oído, a la lagartija.
Y así, fueron expresándose uno tras otro; cada quien, reclamando la victoria. La reunión duró hasta que las sombras de la noche obligaron a cada uno de los presentes a buscar refugio en su morada.

Apenas despuntó el sol del siguiente día, cuando el monte se llenó de voces y ruidos de patinetas. Unos las corrían, otros aceitaban las ruedas, otros las reparaban... Había un gran alborozo y entusiasmo. Todos lucían felices; contentos. Bueno, casi todos, porque la cotorra ni tenía patineta ni sabía correrla. La pobre se encontraba muy triste, mirando desde el hueco de su árbol a los que practicaban. Fue entonces, cuando escuchó la voz de su amigo el colibrí:

__Hola cotorra.

__Qué tal colibrí __contestó con voz apagada.






__¿Qué te pasa? ¿Por qué no estás practicando para la carrera?

La cotorra le contó su problema y al terminar no pudo evitar que la tristeza le humedeciera los ojos. El colibrí, que era muy buen amigo, muy dispuesto le dijo: __¡No seas tontita!, ¡No vayas a llorar!, todavía faltan seis días para la carrera. Yo te prestaré la mía y te enseñaré a correrla.

__¿Pero, y tú?

__No puedo participar, porque ese día tengo que acompañar a mi esposa. Ella está empollando tres huevecillos y... ¡tú sabes!

__¡Qué buen amigo eres! __exclamó agradecida la cotorra.

Con gran paciencia y esmero, el colibrí le enseñó a correr patineta. El día antes de la competencia le dijo: __Veo que has aprendido muy bien a correr la patineta; ahora te diré el secreto para desarrollar gran velocidad

__¡Falta qué me hace! Pues, no alcanzo a desarrollar velocidad suficiente al correrla.

__Observa bien, lo que tienes que hacer es agitar las alas de esta manera, así, ¡ves!
Y como todos sabemos que los colibríes son expertos en agitar sus alas, podemos fácilmente imaginar lo bien que le enseñó.

El día de la carrera se inscribieron veintisiete competidores. No los nombro a todos porque la lista sería muy larga. Pero puedo decir que el más grande de ellos era el guaraguao y el más chico la vaquita de Sampedro, que así se llamaba aquel pequeño escarabajo.

__¡Dieron la salida! ¡Y todos arrancaron muy entusiasmados! La cotorra que había salido en cuarta posición vio cómo al pasar la primera curva de la carrera el guaraguao empujó con un fuerte aletazo a la vaquita de Sampedro, que corría en primer lugar, hacia el tercer lugar por donde venía el múcaro, y vio cómo éste de un picotazo la sacaba de carrera, empujándola con tanta fuerza, que vaquita y patineta fueron a dar contra un árbol a orillas de la pista. La cotorra se detuvo, para ver si la vaquita de Sampedro estaba herida.

__¡Eso no es justo! No, ¡eso no está bien! ¡Las carreras se ganan limpiamente! __le decía mientras la ayudaba a levantarse.

__Estoy bien, ¡es que soy tan pequeña... __dijo la Vaquita de Sampedro, casi a punto de llorar.

__¡Anda! ¡Súbete a la patineta, volvamos a la pista! ¡La carrera no ha terminado aún! ¡Ven, qué yo te ayudaré!

Y así fue. La cotorra, corriendo detrás de la vaquita la impulsaba, moviendo sus alas tal y como le habían enseñado. Uno tras otro, tras otro, de los corredores, fueron quedando atrás. Faltaban apenas dos metros de distancia para la llegada... cuando un zumbido le borró la sonrisa de triunfo al guaraguao, quien se aprestaba a cruzar la meta. Era la vaquita de Sampedro seguida por la cotorra, que pasaban por su lado con la velocidad de un relámpago. Minutos después, don Sapoconcho anunciaba así el orden oficial de llegada: "En primer lugar la vaquita de Sampedro, en segundo lugar La cotorra, en tercer lugar el guaraguao, en cuarto lugar... Bueno, dejemos hasta aquí el orden de llegada, y veamos cómo termina nuestro cuento.

__Gracias amiga cotorra, sin ti no hubiese podido ganar.

__¡No es nada! __contestó la cotorra, sonriente, recordando que a ella también la habían ayudado.

__Ven te invito a visitar a un amigo.

Al llegar al nido del colibrí, lo encontraron celebrando junto a su esposa; la llegada de sus tres polluelos. Esa tarde fue una de alegría y gozo.


Andrés Díaz Marrero

lunes, 12 de noviembre de 2007

Lo que le pasó a don Grillo



Adriana, se había reunido con Sofía debajo del palo de mangó, como lo habían planeado. Traían con ellas herramientas de juguetes. Un martillo, un serrucho y unos alicates.

¡A trabajar! -dijo Adriana, y comenzó a golpear el tronco como si estuviera clavando. Sofía, se puso a jugar que aserruchaba una de las ramas.

-¡Ay!, ¡Auxilio! ¡socorro, me están tumbando la casa! ¡Ay!, ¡Auxilio! ¡Ay!…

Adríana y Sofía, dejaron de jugar. Y miraron asombradas a un pequeño grillo que gesticulaba mientras gritaba pidiendo auxilio.

-¡Un grillo que habla!. -exclamó Sofía.

-¡Claro que puedo hablar! Puedo hablar y cantar y brincar cuanto me plazca, pero eso no es motivo para que me tumben la casita.-le respondió el grillo.

-Lo siento señor grillo. ¡Sólo jugábamos a los carpinteros! Estas herramientas no son de verdad, son de plástico. -dijo Adriana.

-Es verdad, el serrucho no corta; únicamente hace risrás, risrás.-añadió Sofía.

-Pero, los golpes del martillo y el ruido del serrucho son verdaderos; y asustan. Asustan mucho. Por un momento pensé que se iba a repetir la historia.. -replicó el grillo

¿Qué historia?-preguntaron a coro, Adriana y Sofía

-Yo vivía feliz al lado de una quebrada, rodeado de flores y árboles frondosos. Entonces, llegaron unos: «desarrolladores», que así se les llama a los que hacen negocios, comprando y vendiendo tierra, y construyendo urbanizaciones y centros comerciales. Comenzaron talando los árboles y aplanando la tierra para construir edificios y fábricas. Sin árboles ni matas en el lugar, apenas llovía. La mayoría de los pájaros y animales decidieron buscar otro sitio para vivir y la gente comenzó a enfermar por falta de agua potable.

-¿Agua qué?-preguntó Sofía

-Agua potable, así se le llama al agua que las personas pueden beber sin temor a enfermar.-respondió el grillo.

-Continúe usted, don grillo-suplicó Adriana

- decía que: la mayoría de los pájaros y animales decidieron buscar otro sitio para vivir y la gente comenzó a enfermar por falta de agua potable. Las fábricas cerraron, pues, los trabajadores se mudaron, buscando otros sitios más saludables para sus familias. En poco tiempo, el lugar se convirtió en un pueblo fantasma. A pesar de todo, quería quedarme… ¡yo había nacido allí! Entonces…, ocurrió algo espantoso.

-¡Adríana!, ¡Sofía! Es hora de bañarse y arreglarse, pronto vendrán sus padres a buscarlas.-era la abuela, quien las llamaba. Adriana y Sofía, eran primas; y la abuela las cuidaba mientras los padres de éstas trabajaban.

-¡Ya vamos, abuela! Déjanos un ratito más.-le respondió Adriana.

-Esta bien, pero sólo cinco minutos más. -contestó la abuela.

Por favor, don grillo; termine la historia; pues, nos tenemos que ir-suplicó Sofía.

Lo que ocurrió espantoso fue… que nos azotó un huracán. La fuerza del viento y la enorme cantidad de lluvia que caía hizo que el cerro se convirtiera en un río de lodo cuya fuerza arrasó todo lo que tenía por delante. Apenas escapé. Pues, para evitar ser sepultado por el deslizamiento de tierra, brinqué a un pedazo de rama que flotaba quebrada abajo… Y, bueno…, aqui estoy, ¡y ustedes me quieren tumbar la casita!
-Perdone, señor grillo; no lo volveremos a molestar. Quisiéramos que fuera nuestro amigo. -le contestó, Adriana.

-¡Está bien! Ya lo olvidé, ¡ya lo olvidé! Sólo fue un susto. -Asintió el grillo.

-Don grillo, ¡necesitamos su ayuda! Nuestros padres piensan talar los árboles que están en la parte de atrás de la casa de abuela. -comentó Sofía

-Sí, los que están al pie del cerro.-confirmó Adriana.

-Por favor, don grillo, venga con nosotros, para que le cuente a la abuela, y a nuestros padres que están por llegar; lo que a usted le pasó, no queremos que algo así nos suceda a nosotros también. -Suplicaron, Adriana y Sofía.

-No puedo. Nunca hablo con las personas mayores. Converso únicamente con los niños.

- ¡pero hay que advertirles!-exclamó Sofía

- Eso, se lo dejo a ustedes. -les contestó el grillo, mientras se alejaba del lugar a grandes saltos.

El Porqué los Elefantes Caminan Despacio



La hormiga, enojada porque un enorme elefante le destruyó su hormiguero; abrió la boca tan grande como pudo, y aunque le tardó diecisiete meses lograrlo, se lo tragó completamente. ¡Claro que, la pobrecita, no podía moverse debido al peso del bocado! Por lo que, sacando cuenta, llegó a la conclusión de que le tomaría, por lo menos, el doble del tiempo en digerirlo y concluyó que lo mejor sería dejarlo ir.


La hormiga abrió la boca y lo dejó salir. El elefante, tan pronto se encontró afuera, huyó despavorido y hasta el presente no se le ha vuelto a ver. Desde entonces, los elefantes, caminan despacio por temor a destruir los hormigueros.

lunes, 5 de noviembre de 2007

El Cuento de las “Buenas Noches”




Hace mucho tiempo existía un lejano lugar en donde nadie dormía. Ni grandes ni chicos, ni varones ni hembras dormían. En fin, lo que se dice nadie. ¡Nadie dormía! Durante el día los mayores trabajaban y los más chicos estudiaban y jugaban como es costumbre. Al anochecer se sentaban o se acostaban a descansar, pero, eso sí, sin dormir un sólo instante, porque a pesar del cansancio no lograban hacerlo. El tiempo de la noche lo pasaban conversando. Los adultos eran más conversadores que los niños, que por haber jugado mucho durante las horas del día sólo sentían deseos de tararear alguna que otra canción. Así que, tanto los mayores como los chicos, terminaban con un enorme aburrimiento; bien sea mirando al techo o contemplando fijamente la triste superficie de las paredes. Los adultos terminaban hinchados de silencio; porque después de hablar, hablar y hablar se les cansaba la lengua y las palabras se negaban a salir de sus bocas. Todo esto ocurría en el transcurso de la noche. Y como sabemos que detrás de cada día llega la noche, bien podemos imaginar como se sentían.

Cierto día, los vecinos, decidieron consultar su problema con doña Esperanza; quien vivía al otro lado de las montañas. Ella, al contrario de sus vecinos, a la llegada de cada noche, dormía con placidez. Aunque, a decir verdad, no sabía cómo lo lograba; ni podía explicarlo. doña Esperanza tenía fama de ser la abuela más sabia de aquella región. Ya que, había adquirido su sabiduría del mucho tiempo que había vivido, de los buenos libros que leía y del contacto directo con la naturaleza. Ella se pasaba estudiando la vida de los pájaros, las costumbres de los animales y el uso de las plantas medicinales para conservar la salud. Luego de haber escuchado la preocupación de sus amigos, como no sabía la respuesta se propuso encontrarla. Por tres noches consecutivas se retiró al campo. Allí en la tranquilidad y recogimiento que éste ofrecía, estuvo observando a los animales para ver como pasaban las noches sin aburrirse. Descubrió que cuando éstos iban a descansar buscaban un lugar cómodo, se echaban en él y cerraban los párpados. De esta forma pasaban la noche con una dulce serenidad.

Doña Esperanza le llevó la noticia a sus vecinos; quienes, luego de escuchar su explicación, le prometieron que a la hora de retirarse buscarían un lugar cómodo y cerrarían los ojos, tal como ella les había indicado. Así lo hicieron. Pero, no se les quitó el aburrimiento. Cada uno estaba igual que al principio, soberanamente aburrido, con la diferencia de que, esta vez, lo estaban con los ojos cerrados. Apenas hubo madrugado, los vecinos fueron al hogar de doña Esperanza y le contaron lo que les había acontecido. doña Esperanza regresó al campo a observar nuevamente a los animales mientras dormían. Trató de hablar con los que tenían los ojos cerrados, pero algunos ni siquiera la oyeron de lo dormidos que estaban; otros se despertaron enfadados por haberles sido interrumpido el sueño. Se disculpó con ellos. A los que no se enfadaron les hizo varias preguntas, pero ninguno pudo explicarle cómo era que cerrando los ojos lograban evitar el aburrimiento. Para no incomodar a los que volvieron a cerrar sus párpados, y, para no despertar a los que no la escucharon la primera vez, se alejó despacito y silenciosa del lugar. Caminó hacia la ribera del río, y allí se sentó a meditar.


Fue entonces, cuando vio la lucecita de un cocuyo, y escuchó la voz más dulce que en su vida había escuchado.
-Yo tengo la solución a tu problema- le dijo el cocuyo.
-Me sentiría feliz si me la dijeras; pues, con ella mis amigos se pondrían muy contentos.
-La felicidad más grande es la que se consigue haciendo feliz a los demás. La felicidad es como mi lucecita; que brilla más cuando los niños buenos y los adultos nobles me miran con cariño.
-Pero, ¿y la solución?
-¡Ah!, ¡sí, La solución! Bien, la solución es poseer el don de la fantasía y el ensueño.
-¿El don de qué?
-De la fantasía y el ensueño
-¿Dónde lo puedo conseguir?

-Pon tus manos debajo mis alas, cuando las agite, recibirás en ellas el polen de los ensueños y de la fantasía. Lo he recolectado de las flores que en las noches se bañan con el polvo de las estrellas y se perfuman con la fragancia de los rayos plateados de la luna. Úntaselo en los párpados a tus amigos y los verás soñar... -¡Soñar! -suspiró La abuela entusiasmada, a lo que el cocuyo añadió -Soñar es la magia de la vida. Es ver hacia adentro de uno mismo, dejando que la imaginación recorra libremente cada célula de nuestro cuerpo. Es dejar libre a la fantasía para que nos alegre el corazón. El cocuyo hizo vibrar sus alas; y la abuela recogió en sus manos el polen de la fantasía y el ensueño. -Gracias por tan hermoso regalo. Se lo llevaré enseguida a mis amigos. -El cocuyo apagó y encendió su lucecita varias veces en señal de agrado, y se marchó. Y fue así, como los habitantes de aquel lugar conocieron el sueño. Desde entonces, los niños sueñan con caminos de estrellas y con mundos nuevos de aventuras. Los mayores sueñan con el amor, la alegría y la paz. Doña Esperanza también sueña; trabaja y sueña, estudia y sueña. Sus vecinos la llaman Poeta, porque a diario está buscando la forma de convertir esos hermosos sueños en realidad.


(Dedicado a la escritora puertorriqueña, Isabelita Freire)
Andrés Díaz Marrero

Flor de moriviví


Cuando Yukibo miró a Cohaí, sintió que el corazón se le derramaba por las pupilas. Ella, ante la intensa mirada de Yukibo, bajó la vista y ambos quedaron atrapados por el dulce imán del amor. Los padres de Yukibo y Cohaí vivían en distintos yucayeyes Cada segunda luna llena se visitaban entre sí. Yukibo y Cohaí aprovechaban estos encuentros para conversar, reír y compartir ensueños.

Narrativa breve
Literatura para niños, jóvenes
y adultos
Cuentos de Puerto Rico



_¿Me amas?
_Como a la luz del sol. Esa luz que nutre y da vida a todo cuanto alcanza; te amo como a la hierba, a los árboles, al sonoro cantar de la quebrada…
_Yo también te quiero; y cuando no estás conmigo te extraño; pues me haces falta como al cielo las nubes; como al ave las alas…

Algún tiempo después, la pareja de enamorados con el consentimiento de sus respectivos padres fijaron la fecha de la boda. Pero antes de que ésta se llevara a cabo, el bohique le solicitó al padre de Cohaí que se la diera en matrimonio.
_es un honor, ¡gran señor!, que usted quiera pertenecer a nuestra familia, pero Cohaí ya está comprometida. Sin embargo, tengo otra hija que la iguala en dulzura y belleza. Con gusto se la cedo en matrimonio.
_¡Quiero a Cohaí!
_ Ella tiene a Yukibo en su corazón.
_La enseñaré a quererme.
_ Pero, ya está fijada la fecha de la boda...
_¡Ella será mi esposa! No olvides que soy el gran bohíque
_Lo siento, pero…
_¡Ya verás de lo que soy capaz_le interrumpió el bohíque, y se marchó furioso, dando grandes voces. Cohaí, escondida tras el telar, había escuchado la conversación; y temblorosa lloraba. Desde ese día el bohíque mantuvo a Cohaí en constante asedio. La seguía hasta el mercado, y cuando ella lavaba ropa en el río se le aparecía de repente con la intención de raptarla. Cosa que nunca pudo lograr; pues, el padre de ella y Yukibo se alternaban para acompañarla. Lleno de ira, al ver que no lograba su propósito, el bohíque, utilizando sus conocimientos de hechicero convocó al espíritu del mal:_¡Grande y sublime, Tuyra, dios de la desolación y la venganza, acude a mí! ¡Uña de urubú rabo de anolis, yerba anamú, patas de bibijaguas y agua de naiboa corta a Yukibo mi anki! ¡destrúyelo! _clamaba, mientras preparaba un poderoso veneno.

El bohíque dejó de perseguir a Cohaí. Las familias de los novios, creyendo que éste había desistido de su propósito continuaban felices con los preparativos de la boda. Tres días antes de la boda, y según la costumbre, los amigos del novio se reunían con él para embijarlo, es decir, cubrir su cuerpo con achiote. El rito de la bija era una ceremonia en la que se compartían manjares y bebidas con el novio. El astuto bohíque, sin que nadie lo viera, mezcló el veneno que había llevado escondido con la comida destinada al novio. Yukibo, ajeno a tal maldad, comió y bebió entusiasmado. A partir de ese momento, comenzó a enfermar. Minutos antes de que se celebrara la boda moría, sin que familiares y amigos adivinaran la causa.

Después de una breve ceremonia, los amigos y deudos enterraron el cuerpo. Todos se marcharon, menos Cohaí; quien no cesaba
de clamar ante la tumba de Yukibo:
_Yocahú, escucha mi ruego, ¡devuélvele la vida a mi amado!, ¡regrésale su naniki !
_Cohaí, ¡basta ya de llorar! _Escuchó que una grave, pero dulce voz le decía.
_¡Yocahú!
_Sí, soy yo. No puedo devolverle el naniqui a Yukibo pero puedo transformarlo antes de que huya de su cuerpo.

Hubo un intenso ventarrón, apartáronse las nubes del cerrado cielo y un destello de luz penetró en la tumba de Yukibo.
Cohaí, sorprendida, vio salir de la tumba un hermoso ruiseñor. Sintió un breve aleteo sobre su cabeza y luego lo vio perderse en el gris del horizonte.

Muerto Yukibo, el bohíque obtuvo el permiso para casarse con Cohaí. Viendo acercarse la fecha de la boda, Cohaí, suplicaba amargamente:



_¡Ay, muerte recelosa que me esquivas!
¡Oh, muerte de mi amado!,
¡borrar de mí su amor,
tú no has logrado!
Pues tiembla, a su recuerdo,
y se enternece este afán de dulzura,
que mis lágrimas riegan con ternura:
capullo florecido y perfumado,
que sólo a él responde
llanto que no se esconde
y que anhela llegar pronto a su lado...


El ruiseñor, que ha escuchado la súplica de su amada, vuela hasta lo alto del Yunque a pedirle ayuda a Yocahú.



_¡Bondadoso señor!,
tú, que le das dulzura al agua de los ríos
con que saciamos nuestra sed;
que haces brotar los frutos de la tierra
con que nos sustentamos.
Tú, que enciendes el farol de la mañana
y lo guardas al terminar la tarde,
escucha el llanto de mi amada.
Escucha la tristeza de mi canto.
Dime, cómo evitar que Cohaí siga penando;
y lo que es peor, que contra su voluntad despose
a quien, con despiadada crueldad, me hizo este daño.


_Recoge una gota de néctar de rocío en la parte plateada de la hoja del yagrumo y dásela a tomar a Cohaí antes de que
la última oscuridad de la noche se desvanezca con la llegada del día. _Le indicó Yocahú.

Cuando fueron a buscar a Cohaí para la ceremonia de la boda, la encontraron muerta.
Hoy sobre su tumba florece una pequeña planta. Planta que cierra sus hojas ante todo el que la toca; excepto al ruiseñor,
quien, antes de acariciarla, para dejarle saber que es él, le canta así :



_Escucho el susurro acompasado y frágil
polen multicolor de mariposa
que flota cual suspiro enamorado,
que cual suspiro enamorado flota...
Es el beso de luz de una alborada
que ciñe su diadema diamantina
y troca su fulgor en suave rima.
Eres tú, amor, que esperas mi llegada
y al trino de mi amor suspiras.


La flor de moriviví le responde:



_Antes de oír las notas
adulzar el silencio con tus trinos
temblaron mis estambres y mis hojas.
Presentí tu llegada, y mi suspiro
fue fragancia y despertar de aurora.
El gorjeo de tu voz es melodía
que ahuyenta mi nostalgia con su canto.
Anhelante, ya estoy de tu caricia.
¡Unamos nuestro ser, en tierno abrazo!


Al caer la tarde, en el recodo del valle donde se encuentra la tumba de Cohaí, una flor, mimosa y púdica,
junto a un enamorado ruiseñor, la melodía del amor musita.



lunes, 8 de octubre de 2007

Los tres pajaritos sabios



Tres pajaritos vivían en el monte. Los tres eran hermanos. Tinita era la mayor, luego le seguía Perlita y después Tilín, el hermano menor. Tinita, aprendía mirando. Perlita, aprendía escuchando; y Tilín aprendía siguiendo los consejos de sus hermanas.



Tinita, quien aprendía mirando, había memorizado las diferentes partes del bosque. Conocía la distancia que había entre cada arbusto y cada árbol y los huecos que estos tenían. Perlita, la que aprendía escuchando, siempre estaba atenta al más mínimo sonido que ocurriese en el monte. Los ojos de Tinita y los oídos de Perlita eran recursos indispensables para la protección de los tres ante cualquier peligro.

Cierto día Tinita, Perlita y Tilín se encontraban en la rama de un árbol conversando. Tinita le recordaba a Tilín, su hermanito menor, lo que la mamá de ellos les había advertido sobre el guaraguao.

-Debemos estar siempre alerta en todo momento. Cuando estemos en el suelo buscando gusanitos o picando granitos para comer, hay que estar alerta. Hay que mirar hacia todos lados mientras picamos los granitos.
-Y tener los oídos bien abiertos para escuchar cualquier ruido que represente peligro. Hay que estar listos para arrancar vuelo en caso de emergencia. Sobre todo debemos temerle al guaraguao. Recuerda que el guaraguao es un pájaro grande que le gusta comerse a los pajaritos pequeños. -añadió Perlita. Tilín asintió con la cabeza.

Tinita retomó la palabra: -Recuerda, picas y miras. Cada vez que picas debes...





De pronto, Perlita interrumpió a su hermana haciendo la señal de silencio con la punta de su ala en el pico. Tilín y Perlita se quedaron quietos. Perlita había escuchado un ruido sospechoso. Todos callaron, y segundos después escucharon claramente un fuertes batir de alas. Tinita, que por su parte, ya había observado la sombra del guaraguao, moviendo su pico en señal de peligro chilló fuertemente un -¡todos abajo!, -acompañado de una invitación a que la siguieran.
-¡Pronto!, a escondernos en el hueco del árbol de quenepa. Los demás la siguieron.

Tinita conocía que el árbol de quenepa tenía un hueco que permitía el paso sólo a pajaritos pequeños. El guaraguao era demasiado grande para penetrar en el hueco, por lo que estarían a salvo. Dicho y hecho. Los tres volaron a esconderse en el hueco del árbol de quenepa. El guaraguao lleno de coraje al ver que su comida se le escapabas volaba en círculos alrededor del árbol de quenepa lanzando graznidos desesperados en el aire.



Una vez a salvo, los tres pajaritos sabios continuaron la conversación que habían interrumpido. Allí hablaron de la importancia de aprender a observar y a escuchar, también hablaron de cómo los hermanos pequeños deben seguir los consejos sabios de los mayores. Gracia a la sabiduría de los tres pajaritos , todos se salvaron.
¿Y el guaraguao?

¡Tuvo que irse a buscar comida a otro lado!
Andrés Díaz Marrero

Progreso

Eran las once de la mañana y el hambre se dejaba sentir. En el estómago las tripas le saltaban inquietas. Bien temprano había lustrado un par de zapatos.
-Un trapo eh peseta en toa la mañana… no da pa' na'. Pa' un café y un pastelillo. -Pensaba; mientras sus flacos dedos acariciaban la moneda dentro del bolsillo. Calle arriba y calle abajo iba gritando: -¡Brillo!, ¡Brillo!, ¿Brillo Místel? -Sintió el roce de unas lloviznas en la cara y dijo para sí -¡Carajo! Ehtá empezando a llover. ¡Hoy sí qué ehtoy calne! Y diciendo esto acurrucó su cajón de limpiabotas bajo el brazo; encorvándose como tratando de hacerse más pequeño para esquivar las lloviznas; y con paso apresurado entró en una fonda cercana.

El aguacero se hizo fuerte; las alcantarillas de Río Piedras hacían gárgaras con el agua; que, apretujándose gota con gota, corría vertiginosamente por los declives de las calles.

Papo sintió el olor de las frituras; observó los letreros: Tacos, 25 centavos; empanadillas argentinas, 30 centavos; alcapurrias, 15 centavos. Había entrado a un negocio demasiado cercano a la plaza; y los precios no se ajustaban a su presupuesto.


La boca se le hacía agua con aquel rico olor a comida y a frituras. Quedóse embelesado; contemplando, las frituras, hábilmente ordenadas en aquella vitrina; cuyo calor interno, en contraste con la humedad del día, las envolvía en una especie de vapor translucente.

-¡Qué madre! Va a seguir lloviendo. ¡Por lo vihto no pego un pal máh!; ¡Diantre, una peseta pa' comel to' el día! ¿Y pa' dormil? El hohpedaje vale treh peseta; pa' dormil necesito medio peso máh… Grup, prap, trup… -le contestaron las tripas como si hubiesen tomado la iniciativa de participar en su decisión.

-Místel -reclamó al tendero -dame un taquito desoh... No, no, el que ehtá al lao; el máh goldito; -añadió con humildad -y me regala un poquito de agua.

Entregó la peseta como quien se despide de un ser querido; contemplando su redondez y quedándosele en la mano la sensación del frío y duro metal. Alternando bocados del taco con sorbos de agua, las tripas celebraron su victoria.

Terminó su desayuno; almuerzo y posiblemente cena. Su vista recorrió con rapidez el suelo.

-¡Aja! -Allí estaba; acostada en el suelo; aplastada, un poco desgreñada, una señora colilla.

-¡Viejo, qué chévere!-

Fundiendo palabra y movimiento la levantó con delicadeza; la sacudió con sus anémicos dedos; y comenzó a restaurarle la redondez que había perdido. Buscó dentro del cajón los fósforos y se obsequió con tres o cuatro fumadas

La lluvia continuó durante todo el día.

Papo encontró un zaguán para pasar la noche. Buscó entre los zafacones que bajan con la tarde; desenvolvió el periódico de la mañana; que allí había sido descartado; fue a un rincón, y comenzó a preparar su cama; extendiendo las anchas hojas de papel impreso sobre las losas frías. Su vista se fijó sobre la fotografía de una mujer hermosa que en traje de baño desplegaba la primera página.

-Seño...rita Puer...to Ri...co, co...ro...nada Miss. Uni… verso -leyó.

-¡Vaya, qué mami!-

Recostando el retrato de aquella beldad sobre su pecho se extendió lo más cómodo posible. Al lado, impresas, las declaraciones del gobernador:

«Puerto Rico, democracia y progreso, puente de las dos Américas.

En otra columna, donde Papo recostaba los pies, «Jaime Benítez explica Universidad como casa de estudio» y pillado con el borde del cajón de limpiabotas
«Fomento Industrial asevera economía de Puerto Rico es sólida; percápita aumentó… Con el retrato de Miss. Universo apretado sobre su pecho, cerró los ojos y se sumó al silencio.

Andrés Díaz Marrero

Publicado en julio de 1970; fecha en que se coronó a, Marisol Malaret, como Miss Universe

lunes, 1 de octubre de 2007

Cátedra

La Guardia de Choque entró a la Universidad, en forma de cuña, con sus bastones eléctricos y sus relucientes cascos blancos. Las máscaras antigases que llevaban puestas les hacían parecer seres de otro planeta. Los estudiantes se habían dispersado formando pequeños núcleos dentro de la humareda de gas lacrimógeno. Plaps, tap, plaps, taps … se escuchaban las botas. Goliat en cada pisada crecía.

La refriega virtualmente había terminado. Una que otra piedra cruzaba el espacio. Gritos y abucheos se escuchaban ocasionalmente.
_¡Que no quede uno! _vociferó el Comandante.

Mientras los bastones eléctricos buscaban las costillas, encontrando la más de las veces: brazos, torsos y cabezas.



_¡Cuidado Joaquín! _le gritó Teresa, al ver el policía avanzando sobre él.
Joaquín lo vio acercarse con el bastón en alto; apretó las piedras entre sus manos como si quisiera condensarlas; hacerlas más pesadas. Calculó la distancia y con un tiro certero le asestó en una pierna.
_¡Hijo é Puta deja que te agarre! _gritó el policía, dolorido; y se le vino encima.
La distancia se acortó súbitamente. En el fondo se escuchaban algunas detonaciones y se veía avanzar la tropa con las bayonetas caladas sobre los fusiles; otros con sus revólveres al aire. Joaquín le lanzó la otra piedra que pasó rozándole el vientre.
_Te voy a joder _masculló el policía.
_¡Abusador! ¡Abusador! _gritaba Teresa, mientras el bastón eléctrico era descargado sobre Joaquín.
El joven en el suelo se acurrucaba tratando de esquivar la lluvia de puntapiés sobre su vientre y su costado. Se le había caído la camisa que utilizaba como máscara antigás; y sobre su cara se mezclaba la sangre con sus lágrimas.

En un esfuerzo desesperado, ahora gateando, ahora corriendo, ahora rodando; instintivamente, se salió del círculo de los golpes. Con dolor agudo en el vientre, sólo pensaba en huir … No podía ver por los efectos del gas; la sangre le bañaba el rostro. Teresa quiso socorrerlo; pero un silbido la detuvo a medio camino; por debajo de su oreja izquierda manaba un hilillo de sangre. Se detuvo callada; dobló sus piernas cuidadosamente como si fuera a sentarse; tocó el suelo y se extendió sobre él. Unos cuantos latidos se sintieron pulsar y desvanecerse… Al lado, esparcidos por el suelo su libros.

Joaquín fue detenido. La radio informaba al pueblo sobre varios heridos y algunos muertos; todos estudiantes. El rector anunciaba «La vuelta al orden institucional… »

La guardia «En retirada» comentaba:
_¡A estos sinvergüenzas lo que hay es que meterles leña!
_Cogí a uno, le di de arroz y masa.
_Lo más que agalla son los gritos esos de … ¡Abusador y Vende Patria!
_A mí plin, si con esta maceta le hago tragar los dientes.
_¡Tanta protesta! ¿Pero es que estos muchachos no se dan cuenta de que viven en una democracia?

Andrés Díaz Marrero

lunes, 24 de septiembre de 2007

La Despedida

Doña Chefa sufrió un ataque de nervios al saber de la muerte de su marido. Verdad es, que, tanto las buenas lenguas como la envidia, aseguraban, que no había matrimonio que se llevara tan bien. Los veintidós años ahora interrumpidos con la muerte de «Taquio» (diminutivo de Eustaquio) comprobaban dicha apreciación.

Cayó la pobre señora con un ataque de espasmos; sudaba todo su cuerpo; y temblaba tanto, que tuvieron que llamar a Goyita, la enfermera. Gracias a la sabiduría de Goyita, a un té caliente de hojas de naranjo, un emplasto de salvia en la frente y a unas pastillas para los nervios, doña Chefa mejoró. Se le quitaron los temblores y estaba más calmada; a pesar de que lloraba constantemente; a la vez que se preguntaba en voz alta: «¡Dios mío!, ¿Por qué no me llevaste junto con él?»



Durante el velorio se mantuvo doña Chefa lagrimeando sobre el féretro. Su hija, y demás familiares le aconsejaban que descansara un poco; y la consolaban con lágrimas en los ojos. Era un cuadro patético ver a la pobre doña Chefa abrazada al ataúd; llorando y pidiendo al Señor que le deparara la misma suerte que al finado. «Pues, sin su Eustaquio no podía vivir.»

No hubo más remedio que dejarla hacer su voluntad y verla abrazada al féretro hasta la llegada del día. Cuando los amigos y familiares comenzaron a sacar el ataúd, doña Chefa dio un alarido; cual si le hubiesen enterrado un puñal en las entrañas; cayó de bruces al suelo en medio de agitadas convulsiones; gritando, pataleando, y soltando, según la apreciación de los allí presentes, una baba amarilla por la boca.

El entierro se retrasó más de una hora en lo que lograron calmarla. Esta vez, hubo que enviar por el médico; ya que los esfuerzos de los presentes resultó vano.

Prosiguió el entierro; era un entierro de pobre; pero muy a gusto. Había muchas flores y era muy concurrido; (Taquio gozaba de gran aprecio y simpatía en la comunidad). La que daba pena era doña Chefa; el llorar y el sufrimiento de las últimas horas le habían hinchado los ojos. La nariz se le veía larga debido a las ojeras; y sus labios extremadamente rojos contrastaban con sus mejillas sin sangre.

Fue tal el griterío que formó al sacar el muerto, que durante la marcha del entierro se notaba en ella el cansancio; aunque muchos familiares opinaban que por fin, gracias a Dios, le había llegado un poco de resignación.

En el cementerio frente a la fosa el despedidor de duelos dejaba libre su inspiración y rompía sus palabras en quejumbrosos y doloridos ayes sobre la vida y obras del difunto:

« …fue hombre íntegro, humilde, servicial, desprendido, honrado y caballeroso… »

Arrancaba lágrimas en todos los allí presentes ver y escuchar despedir de una manera tan solemne a aquel buen hombre. Tuvo el despedidor de duelos que acortar, pues, el llanto de doña Chefa se hizo tan hondo que, temiendo le fuese a dar otro ataque de nervios dio fin a sus palabras.

Acomodaron la caja sobre la fosa, arreglaron la cuerda con que habían de bajarla y removieron el tabique que sujetaba el ataúd. Comenzaron a soltar la cuerda poco a poco y el ataúd comenzó a descender.

Doña Chefa gritaba a todo pulmón: «Dios mío, ¿por qué me dejas sola?; ¡Llévame con el!; ¡Llévame!» Y luchaba la pobre señora con los que querían calmarla. Gritaba y lloraba con los brazos extendidos hacia la fosa, diciendo: «¡Me quiero ir con él!; ¡yo me quiero ir con él.»

Era tal el dramatismo, de la pobre señora, que el hombre que sujetaba el extremo de la cuerda, olvidó lo que estaba haciendo, por secarse los ojos empapados en lágrimas. La cuerda halada por el peso del ataúd se enrolló como una serpiente en la pierna de doña Chefa; halándola de tal suerte que, perdió el equilibrio; y cayó en la fosa junto con el ataúd.

Se hizo un silencio enorme ante suceso tan imprevisto y por unos instantes nadie supo qué hacer.

Doña Chefa desde la fosa gritaba: «¡Sáquenme de aquí! ¡No me dejen aquí! ¡Por favor, sáquenme de aquí!»

Nadie pudo aguantar la risa de aquella situación tan ridícula. En lo que doña Chefa, apresuradamente, subía por la escalera, que el sepulturero proporcionó, algún chistoso murmuró:

«No es lo mismo llamar al diablo, que verlo venir»

Andrés Díaz Marrero

La Respuesta


¡Quiero saber si es cierto! Necesito respuestas precisas y detalladas. ¿Estoy o no estoy siendo investigado? ¿Desde cuándo? ¿Por qué? Espero que responda por lo menos a estas tres interrogantes. Recuerde nuestra amistad, recuerde que llevamos trabajando para esta División más de 25 años.

-¿Qué le hace pensar que está siendo investigado?

-He hecho algunas averiguaciones. A la verdad, es, que hubo indicios anteriores, pero nunca le di importancia. Lo cierto es que comencé a sospechar después de leer la carta de Montañez, el sujeto que hemos venido investigando durante los últimos doce años. Usted conoce bien el caso del profesor Montañez , ya que le tenemos acumulado un voluminoso expediente.



Pues bien, recientemente y según el procedimiento usual, abrimos la correspondencia de dicho sujeto para verificar lo que le comenta a sus amigos y familiares, y así poder detectar cualquier posible conjura contra el gobierno. Para mi asombro, en la correspondencia del pasado mes encontré dentro de un mismo sobre, dos cartas; la primera muy breve, escrita por una sola cara del papel, dirigida al suegro de éste. Al leerla me percaté de que su contenido era totalmente familiar y sin valor alguno en lo que a la seguridad del estado concierne. La otra carta mucho más extensa, decía lo siguiente:

  • «Al señor investigador, que lee mis cartas:

    Sé que desde hace mucho tiempo la oficina de seguridad para la cual usted trabaja me viene investigando; que han recopilado información sobre mí en las oficinas administrativas de la universidad en la que trabajo. Que en múltiples ocasiones han matriculado agentes en el curso sobre derecho laboral que ofrezco, que tienen información de mi nacimiento, que han investigado mi crédito, mis expedientes académicos desde la escuelita maternal hasta el presente. Que tienen y revisan constantemente mi expediente médico y conocen mejor que mi propia progenitora todas y cada una de las enfermedades y dolencias que he padecido. Que han investigado mi afiliación política y religiosa, que han intervenido y continúan interviniendo mi teléfono y mi correspondencia.

    Sé también que poseen extensa información sobre mis parientes, familiares, amigos y colegas. Que para recopilar y mantener al día toda esta información, la cantidad de dinero que su Agencia invierte supera por mucho lo que devengo en sueldo como profesor.

    Si le expongo todo ésto, que ya usted sabe, no lo hago con la esperanza de persuadirle a que descontinúe lo que por años ha sido su trabajo, sino más bien para apercibirle de que tanto usted como yo somos víctimas. Usted me investiga, intercepta y lee mi correspondencia, pues bien, otra persona le hace lo mismo. ¿Acaso ignora que a usted también se le lleva un expediente?, que ocasionalmente sin que se dé cuenta se le retrata, se le interceptan sus llamadas telefónicas, su correspondencia etc. todo con iguales propósitos… Ya sé que usted, al igual que yo al principio, se negará a creerlo; pero, si invierte un poco de su tiempo de seguro que con su habilidad investigativa descubrirá por sí mismo la verdad. Entonces, y solo entonces, se dará cuenta de que también es víctima de ese terrible monstruo que diariamente alimenta.

    Muy cordialmente le queda,
    José Ricardo Montañez.»


Al terminar de leer la carta me eché a reír, pensé que el tal Montañez además de subversivo también estaba loco. Porque, ¡a quién en su sano juicio se le ocurriría escribir este tipo de carta! Además, ¿cómo sabría él si yo la leería?

Decidí guardarla como una especie de trofeo, la enseñaría en la próxima reunión de fin de mes, de seguro será un buen tema de conversación, los compañeros habrán de gozar de la ocurrencia tanto como yo; eso me dije entonces.

Esa noche, aunque cansado, no podía conciliar el sueño, la peregrina idea de que fuese cierto, de que se me estuviese investigando, revoloteaba en mi interior como mariposa nocturna sobre un farol encendido. Aunque trataba de alejarla de mi pensamiento la misma se negaba abandonarme. Un tanto molesto decidí comprobar su veracidad.

Busqué mi grabadora portátil y acoplé el micrófono al manófono del teléfono y conecté un multímetro en los terminales de alimentación de la línea, de esta forma cualquier resistencia adicional causada por alguna intervención sería registrada por el movimiento de la aguja del multímetro. La grabadora, por otra parte, me serviría para escuchar el más leve sonido captado.

Pues bien, una vez realizado lo anterior, levanté el auricular del teléfono y disqué el número de la oficina. El mismo sonó varias veces, pero no me desesperé, pues sabía que la misma trabajaba las veinticuatro horas, tal vez el retén estaría en el baño o tal vez… Una voz al otro lado de la línea contestó -a obtenido usted el número 373-4546, después hizo silencio. -es cinta verde, le indiqué ¿cómo anda todo? -Todo está en orden señor. Le habla Rodríguez, en que le puedo… -apenas escuché el resto, pues la aguja del multímetro había ejecutado un súbito movimiento, indicativo de haber registrado una resistencia adicional en la línea. -no es nada, es que… que… no tenía sueño y … deseaba… este… saludar a alguien, me apresuré a responder sintiendo que mi contestación era vacilante y torpe.

Después de intercambiar algunas de esas frases socorridas, que los buenos modales nos demandan, terminé la llamada. Para salir de dudas sobre si mi teléfono estaba o no intervenido, rebobiné la cinta magnetofónica, oprimí el botón que permite oír lo grabado y me dispuse a escuchar. El silencio de la noche me ayudó a percibir con suma claridad el clic de otra extensión telefónica que se levantaba, junto al leve zumbido de una máquina que comenzaba a grabar. El resto de la madrugada lo pasé en vela, escuchando una y otra vez el clic y el zumbido delator; que me indicaba lo que apenas podía creer… ¡mi teléfono sí estaba intervenido!

Porque somos parientes y compadres y usted es el director general de la Agencia; por la confianza de veinticinco años colaborando juntos es que vengo aquí para que me explique ¿por qué se me investiga? ¿Por qué se me investiga después de tantos años de servirle a la Agencia? ¿No he dedicado mi vida al fortalecimiento de la seguridad del estado? Bien conoce que soy miembro fundador del Partido de Protección Democrática y que durante los 28 años que lleva gobernando nuestro Primer Mandatario siempre le he sido fiel. Por eso le reclamo. ¡Contésteme por favor! ¿Por qué se me investiga?

-Mire compadre, yo sé que usted es un buen oficial de inteligencia, no se deje llevar por cosas de poca monta. A veces la agencia realiza una que otra investigación sobre sus miembros, pero, no es lo que podríamos llamar una investigación a profundidad, si no más bien la recolección de uno que otro detalle sin importancia… y usted sabe que ésto es necesario pues la seguridad empieza por casa.

Fernández asintió con un leve movimiento de cabeza y un tanto confundido por la explicación abandonó la oficina de su jefe.

Arrellanado en la mullida butaca de su despacho, el jefe, tras un lento y ceremonioso ritual encendió un cigarro. Después de unas cuantas bocanadas de humo se comentó así mismo en voz alta -¡Caramba! ¡Hay quienes nunca entienden que hay cosas que hay que hacerlas por que hay que hacerlas! Como bien le dije, la seguridad empieza por casa. Y aunque se conozca la honestidad de las personas, tenemos que constantemente asegurarnos de su lealtad, sin que importe el tiempo que lleven trabajando para la agencia, ni el puesto que ocupen; pues el ser humano es vulnerable al cambio y el pensamiento es algo tan y tan íntimo, que, lamentablemente, no se puede escudriñar y tiene uno que dejarse llevar por la conducta observable Por eso tenemos el deber de investigar continuamente. Es función primordial de nuestra agencia mantener viva la duda… y eso lo sabe bien el compadre, pues en ocasiones se enteró de que realizábamos investigaciones administrativas de algunos de nuestros empleados. ¡Claro que siempre que esto se hacía se justificaba diciendo que era por una queja y que lo que investigábamos era el comportamiento del agente y que no nos cuestionábamos su lealtad. ¡Pamplinas!, cualquier agente con suficiente experiencia debería intuir la verdad. A todos hay que investigarlos. Investigar a los agentes investigadores mantiene la calidad de nuestras operaciones y la veracidad de la información recogida. ¡Estoy aquí para asegurarme de que así sea! Bueno, de la Agencia soy el único que no es investigado, pues soy el segundo en mando en el país, aunque el Mandatario le hace creer al resto de sus subalternos que ni la Agencia, ni yo existimos.

De pronto y sin razón aparente se levantó, apagó el cigarro que hacía apenas unos momentos había encendido, comprobó que la puerta estaba cerrada, luego se dirigió hacia el armario de la pared de donde extrajo varios instrumentos; dedicó breves minutos a conectarlos; después discó el número telefónico de su hogar. Al otro lado de la línea una vocecita de algunos 7 años exclamaba: -¡Es abuelo! -supo que su nieta le respondía con una fresca y amorosa retahíla de palabras, que no escuchaba, pues su mirada se había hipnotizado por el movimiento de la aguja del voltímetro recién conectado, y su mente sólo captaba el conocido, sordo y monótono zumbido de una lejana máquina de grabar que interceptaba la línea.

Andrés Díaz Marrero

miércoles, 19 de septiembre de 2007

La Aventura

Ese domingo, Chito se levantó temprano. Se lavó y vistió con gran rapidez; mordisqueando un sandwich avanzó al pasillo; esperó un instante por el ascensor, marcó el sexto; y sintió su corazón golpear con desespero; emocionado ante la perspectiva de una gran aventura. En el sexto, se encontró con Pablo y Chano tal como lo habían convenido. ¡Vamos! _Dijo Chito.

El grupo dirigió sus pasos hacia el tercer piso, cuyos apartamentos, en aquella mañana, se encontraban desocupados.

_¿Cómo lo vas a hacer? _Preguntó, Chano, desde el fondo curioso de sus nueve años.

_¡Suave! _Contestó Chito mientras lo miraba fijo; como si estuviera arrepentido de haberlo invitado.

La explicación de Chito fue simultánea a la acción. Esperarían a que el ascensor se detuviera en el tercer piso; forzarían la puerta del segundo con un cuchillo e introducirían la camisa de Chito entre la separación; de manera que la puerta no pudiese cerrar y el ascensor quedara inmóvil en el tercero; gracias al dispositivo de seguridad que no permite su marcha mientras alguna de las puertas estuviese abierta.

_¿Por qué no hicimos esto en el tercero?_Preguntó Pablo. Chito se irguió con un aire de importancia; y con falsa modestia respondió: _pa' los que quieran usar el ascensor, vean que no se mueve y piensen que se ha dañao.

_¡Por el libro! _Exclamó Pablo a la vez que palmeaba el hombro de su amigo. Chano permanecía callado, pero sus ojos delataban la emoción de la aventura.

_Todos pa'bajo _ordenó Chito.

Pablo y Chano caminaron tras él. Sin prisa. Silenciosos. Pero, cada cara irradiaba satisfacción. La llegada se hizo breve. En un parpadear se encontraron en el sótano mirándose unos a otros. Un ligero escalofrío corrió por el cuerpo de Chito, temiendo que sus amigos notaran su actitud vacilante, intentó una sonrisa. Los demás ripostaron de la misma manera. Entre todos abrieron la escotilla de acceso al foso del ascensor, teniendo que aunar fuerzas debido a que sus bordes estaban atascados.

_Esperen aquí. No vengan hasta que yo les diga. _Advirtió Chito, mientras comenzaba a descender apoyándose con dificultad de los engrasados rieles. Por fin llegó. Tenía el pecho, las manos y gran parte de la cara llena de tizne y grasa. Miró a sus compañeros con las pupilas inundadas de éxito. Se sentía feliz dentro de aquel territorio inviolado. Lo encontró más amplio de lo que pensaba; y mucho más alto; tal vez cuatro veces su propia estatura. Pasó los dedos por los muelles de seguridad del ascensor; los cuales alcanzaban casi su tamaño. Se sentó sobre uno de ellos e hizo una morisqueta. Sus amigos le aplaudieron desde lo alto.

_¡Chitoo, Chitooo! _Era la voz de su padre, que colándose por la abertura del ascensor retumbó en el foso. En su excitación los muchachos se habían olvidado del tiempo. El padre de Chito salió en su busca. Después de éste haber esperado un largo rato por el ascensor, al ver que el mismo no se movía, decidió utilizar la escalera. La desaparición de Chito y el tener que bajar por la escalera lo había disgustado.

_¡Chito, Chitoo! _Aquella voz fue un espuelazo en las ancas del miedo de los chicos; los cuales más pronto dicho que hecho emprendieron el «patas pa' que te quiero».

Chito se quedó solo; se acobardó; sintió miedo de quedarse dentro del foso; y miedo de subir y encontrarse con la faz enojada de su padre. Su cara tiznada se ennegreció aún más con la incertidumbre. Al fin se decidió. Con los ojos nublados comenzó a subir; a la mitad, las lágrimas le bañaban el rostro. Sus rodillas le temblaban y sus manos se agarraban con dificultad de los rieles. Trató de articular un grito, una llamada de socorro, pero la voz no le salía.

Al pasar por el segundo piso el padre encontró la camisa de Chito entorpeciendo la puerta del ascensor. Con un gesto de indignación sustrajo la camisa aprisionada.

La puerta se cerró con un clic fatal …

Andrés Díaz Marrero

Sombras

Las cosas empeoraban día a día. El sueldo apenas alcanzaba para la comida; y la agencia le había reducido la jornada de trabajo. Las cuentas se amontonaban desde meses atrás. El correo sólo traía terceros, cuartos y últimos avisos de parte de los acreedores. La mueblería le había reposeído los muebles; y la estrecha vivienda presentaba un vacío interior que la hacía Iucir más amplia de lo que realmente era.

¿Pedir prestado? ¿A quién? La crisis era general. Por lo menos, en eso estaban de acuerdo los periódicos… Sin embargo, las compañías petroleras habían quintuplicado las ganancias; y en cuanto a Puerto Rico, las compañías de afuera… bueno… yo no sé mucho de esas cosas, pero… ¡Caray! ¡Qué difícil se ha puesto la vida!


...

¡Carmelo! La voz de la esposa interrumpió su pensamiento. _¡Avanza! Tenemos que llegar antes de que termine la hora de visita.

Su mujer se veía envejecida prematuramente; a él se le daba que también había envejecido. La enfermedad del nene _pensó, tratando de reducir toda su amargura a una sola causa. Mas en el fondo adivinaba la verdad.

_¡Carmeloo!, ¡Carmeloo!

_¡Maldito sea! Es el diablo de Moncho, buscándote; tenemos que irnos, así que no le des mucha lata.

_¡Pero mujer, es que… No tuvo tiempo de argumentar; Moncho se había introducido en la casa, a la vez que Petra, con evidente disgusto, se evadía hacia el dormitorio.

_Carmelo, vengo a decirte que esta noche tenemos reunión en el comité.

_Tengo que ir al Centro Médico; ya sabes que…

_¡Hombre lo sé! Pero, no puedo estar excusándote en casi toas las reuniones.

_¡Tú sabes que…!

_¡Sí hombre, lo sé! Es que uno tiene enemigos. Hay quien dice que te cambiaste de partido. Yo sé que la ayuda es poca; ¡pero en estos tiempos!

_El programa es pa' to' el que necesita.

_¡Ay bendito!, ¡Qué va, compay! ¡Qué va hombre!, !qué va! Mira, para mí, tú eres más que mi hermano; aún recuerdo lo que me ayudaste cuando to' el mundo me cerraba pueltas, pero tienes que darte cuenta de que to' es política, la más sucia y descará. Si no te quitan la ayuda directamente te ponen tantas piedras en el camino, ¡qué pa' qué te cuento! Además lo de tu hijo… Tú sabes que está fichao. Por eso es que, en el gobierno, tiene bola negra; pues to' el que se pone en contra de los gringos, la lleva perdía. ¡Dispués de tanto sacrificio pa' estudiar; y de las recomendaciones! La entrá a la Universidad y la ayudita se la consiguieron por que tú perteneces al partido; y por que yo, tu compay, soy el comisario 'e barrio. El Senador Mora Ríos, jamás te ha perdonado lo de tu hijo; él piensa que fue culpa tuya; es más, ha dao a entender que tú …

_¡Carmelo!, interrumpió su esposa, que entraba a la sala con un bolso de compras, arrugado; donde había acomodado cuidadosamente alguna comida, papel sanitario, maltas, jabones, toallas y una frazada, para el hijo que se encontraba hospitalizado.

_Mira mujer, ve tú sola. Yo iré la próxima vez. Es que… _la decisión era muy dura, pero, él era responsable de mantener al resto de la familia; y él sabía …

Con una tristeza muda, de persona vencida, ella asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible. Al marcharse no pudo reprimir una mirada de disgusto hacia Moncho; no por Moncho en sí, ya que hacían más de quince años que eran compadres, sino a lo que éste representaba.

...


_Ya ve compadre, cómo se arreglan las cosas. ¡Lo contento que estaba el ayudante del alcalde, hasta me preguntó si todavía le hacía falta el camión de relleno que le había prometido el año pasao! ¡Aproveche compay el rellenito pa'l solar!, que a la gente es buena cogerla cuando está de boya.

Carmelo no contestó. Su mente se hallaba distante. Eran las once y media de la noche. La reunión se había extendido más de lo acostumbrado. Pensaba en su mujer «Ya debería de haber regresado. Mañana, !mañana iría a visitarlo aunque hubiesen veinte reuniones!» Carmelo tenía cuatro hijos, pero la mayor parte del tiempo pensaba en Fernando, que estaba hospitalizado, o en César. César por ser el mayor. El que estudió en la Universidad. Al que tenían fichado como subversivo por ser miembro del Partido Socialista; que, aunque oficialmente no era ilegal, sus miembros eran, para todos los efectos prácticos, considerados como fuera de la ley. ¡Diantre! _Se interrumpió a sí mismo _Los pequeños no me dan problemas.

_¿Qué le pasa compay?

_Nada, nada, musarañas que se le meten a uno en la cabeza.

...

Su corazón sintió una sacudida al ver a los vecinos reunidos frente a su casa. Un frío inmenso le corrió por la espina dorsal. Quiso hablar, pero, su lengua permanecía muda; no solo su lengua, sino sus ojos, manos y cuerpo se negaban a obedecerle. Con voz temblorosa Moncho le incitó a seguir, halándolo suavemente, con el brazo extendido sobre su hombro. El aullido de una sirena añadió un toque de terror e incertidumbre. La ambulancia se ubicó frente a su hogar. Carmelo corrió hacia la casa. El rojo reflector parpadeaba en la cara de los presentes. Se escuchó la voz de uno de los camilleros: _¡Ya es tarde!, avísale a la estación… Su compañero asintió con la cabeza, apagó el reflector y transmitió el mensaje por radioteléfono.

Una vecina, entre lágrimas, le relató lo ocurrido:

_¡Ay!, ¡Ay!, ¡Doña Petra se nos murió!, ¡Ay! Don Carmelo!, ¡Se nos murió! ¡Su hijo está… ¡Ay!, su hijo… ¡también está muerto!

_Sacando fuerzas de cada una de sus células, de cada átomo de su ser, Don Carmelo, le dijo con increíble aplomo, casi con resignación: _Cálmese, cálmese y cuénteme lo que pasó.

_Su doña llegó cansada del Centro Médico; como yo sé lo que son esas cosas; le tenía separada una cacerolita de sopa, de una gallinita del país, que me trajeron los nietos. Cuando la vi llegar, se las traje. Me dijo que no tenía apetito; pero, yo insistí hasta convencerla. La estuve observando mientras comía; estaba más triste que nunca; y más cansada. Pensé preguntarle por Nando; pero, no quería entristecerla más. Ella adivinó mis pensamientos; y me dijo que Nando estaba peor; que el tratamiento no le había resultado; que los médicos habían perdido toda esperanza. Traté de consolarla. Tuve miedo de verla así; tan pálida, con los ojos hundidos … Entonces, llegó la mala noticia. No. No fue de Fernando, sino de César. ¡Lo mataron de un tiro, unos agentes federales, al resistir un allanamiento en la imprenta, donde tiran ese periódico que él se pasa vendiendo por ahí. La noticia la trajo Tabo; él quería hablar con usted; lo esperó más de una hora; ella lo notó nervioso; y tanto estuvo pidiéndole que le diera el recado que, el muy bruto, se lo dijo. ¡Ay! Ella se sentó en la silla y… ¡Ay! ¡Ay … ! ¡Ay … !

Don Carmelo se dirigió silencioso hacia el lugar donde, los vecinos, habían colocado el cadáver de su esposa. Lo habían acostado sobre una cama plegadiza entre dos velas encendidas. El resplandor de las velas, junto a la escasa luz de la pequeña bombilla que alumbraba la sala, daba a ésta una visión espectral.


...
Eran las cuatro de la tarde. Los cadáveres reposaban en el centro de la sala. Los niños gimoteaban junto a los mayores. Familiares y vecinos hacían los preparativos para el acostumbrado velorio. Don Carmelo, estaba sentado con la mirada fija en los féretros; completamente mudo; sin llorar, ni moverse; sin que su rostro reflejara tristeza. Había estado así varias horas; sólo su respiración entrecortada y su mirada, melancólica y fija, nos indicaban que estaba despierto. No le afectaba el ir y venir de los presentes, los comentarios de éstos, ni los ruidos de la calle.

Moncho se le acercó. Venía rojo de la ira. _¡Maldito sea! Compadre, hay una gente allá fuera… de Fuentes Fluviales. Dicen que hace dos meses que usted no paga la luz. ¡Desgraciados!; que ellos reciben órdenes; que lo sienten mucho, pero,… ¡Compadre, esos hijos de … le van a cortar la luz!

Carmelo permaneció callado; ni lo oyó tan siquiera. Su mirada fija no percibió cuando las bombillas de la casa se apagaron. No escuchó las protestas, ni las maldiciones que gritaban los vecinos. Pues, su luz interior hacía varias horas que se había trocado en tinieblas.

Noviembre de 1975.

Andrés Díaz Marrero

lunes, 10 de septiembre de 2007

El deber cumplido

"¡Maldito sea! No quiero seguir pensando en eso; es que estoy... ¡Eso es!, estoy nervioso. No quiero saber más de este asunto. Con la ayuda de Dios, me consigo una pensioncita y me retiro. ¡Diantre!, yo... yo no quería... yo sólo... ¿Será que soy blandito como dice el teniente? ¡Qué escalera más larga! Bueno, ya llegué, !Qué mier..! No. No debo de hablar así. Yo no acostumbro a expresarme de esa forma. ¿Estarán todas esas personas esperando al... al médico. ¡Qué médico ni que ocho cuartos, es un siquiatra y se acabó! Bueno, si puedo pensar, en forma clara y lógica, como lo hago, entonces estoy bien; es decir, estoy completamente cuerdo; sí, sí, tal vez un poco nervioso... ¡Aunque cualquiera se pone así! Uno se embolla en... en el... en ese trabajo, y... Deja sentarme, mirar alguna revista, leer algo. cualquier cosa para matar el tiempo. ¿Matar? ¿Por qué no puedo olvidar esa maldita palabra!" -¡Coño! -Perdonen señores; perdone usted señorita. Fue un pensamiento en voz alta; ¡perdóneme!




“Déjame hojear esta revista. ¡Qué metida de pata! Siento cómo si todos me estuvieran mirando. Cerveza Schaeffer es la mejor cuando... Una palabra se le zafa a cualquiera. La cuenta Ideal es... El reloj irrayable... La salchicha del sabor... Tome Pepsi... Me están mirando; yo sé que me están mirando; pero no los voy a mirar. ¡Anuncios! ¡Qué muchos anuncios! Bueno, aquí hay algo: Diez síntomas que anuncian la infidelidad de su pareja. Interesante título. Aunque, eso no va conmigo; pero, hay que leer de todo, pues como dice el refrán, Cuando uno está de malas hasta la mujer... ¡Ah!, llamaron a otro; pronto llegará mi turno. ¡Dios mío! No hago nada más que estar un ratito sin hacer nada y vuelvo a pensar en... ¡y no quiero! Fue una equivocación; esas cosas pasan. Me acuerdo de la vez que cogí al hijo del senador con estupefacientes.

Bueno, eso de meterse uno con los de arriba, de que me trasladaran a Vieques o a Culebra, a la verdad que no me agradaba; en esta vida el pez grande se come al más chiquito. Lo del hijo del senador había que dejarlo quieto. ¡Claro que cogí mi ayudita! Turnos de día, cero plantón, cero quemarse en el tráfico del medio día con el sol pegado a la espalda... ¡No señor! Mejor el patrullaje en auto, y, bueno, había que cobrar el favorcito. Después de todo, ¡allá Marta con sus pollos!, el que quiera drogarse que se... ¡Tan bien que me iba! ¡Qué más podía pedir, con seis años en la fuerza y sargento. ¡Lo qué son las cosas, tener que pasarme ésto! ¡Esa mujer, qué linda es! La verdad es que tiene unas piernas... ¡qué si yo... Yo soy un hombre joven y tengo la vida por delante... Con la pensión que el Fondo del Seguro me apruebe y lo que reciba del Seguro Social, se vive bien; y ésto es pa' seguida, pues por los nervios no hay que someter tanta evidencia. Los siquiatras con tal de mantener el negocito... ¡jum! ¡Olvídese usted!, que en este país todo se compra; y yo no soy el único que... Bueno, para mí lo primero es la salud; aunque en este trabajo que tengo siempre se tiene la vida en peligro. ¿Tengo? ¡Tengo no, tenía! Tenía porque lo que soy yo aprovecho, y ... Hay que pensar siempre positivo; todo me va a salir bien. ¿Claro que...”

-Sí gracias. ¡Ay!, lo siento, creía que era por esa puerta. Sí, sí, ya sé. “¡Cómo se gana los pesos este médico!, con aire acondicionado alfombras a todo lujo...”

-Gracias, ¡Sargento Riollano para servirle! No, de Comerío; del Salto de Comerío. Mi familia todavía vive por allá. Bien doctor, lo que pasa es que odio a la gente que quiere pasarse de la raya. Ese tipo era de esos... usted sabe, había una huelga, yo... yo, yo... bueno, aquel día en la mañana... dio un discurso frente a los portones de la empresa y allí habló pestes del Cuerpo; o sea de la Uniformada. ¡Nos embarró como le dio gusto y gana! Dijo que nosotros éramos peones de los ricos. Que estábamos en contra de los trabajadores y en contra de nuestros propios intereses. ¡Y qué cosa!, nos llamó obreros; sí, dijo que eramos obreros; que vivíamos engañados, que los ricos nos usaban, que nos ponían a pelear entre nosotros mismos; que... ¡No le digo qué ese tipo era subversivo! Sí, ¡un verdadero comunista! ¿Yo? Yo soy católico. Soy de los Caballeros de Colón, y, creo... ¡Creo no! ¡Estoy convencido! ¡Convencido de que los Comunistas, los Aleluyas, y los Pipiolos lo que quieren es destruir a nuestro país! Yo no; yo lo que quiero es defender la democracia. Siempre lo he hecho. Cuando era adolescente fui miembro del Civil Air Patrol. Cuando llegué a adulto serví en el U.S. Army; y cuando me licencié, ingresé en la Policía; a luchar por la ley y el orden; por la democracia. Yo soy americano. Americano de clavo pasao. Vivo orgulloso de ser ciudadano de los Estados Unidos. ¿Sabe, yo estuve estacionado en Fort Brag? Yo he visitado varias ciudades allá en el norte. No, no he visitado ningún otro país. Pues, me licenciaron un poco antes de tiempo; bueno, usted sabe... yo sólo hablaba un poco el Inglés; y no lo sabía leer ni escribir. Ese tipo era peligroso doctor. Lo sé; porque en la academia... No, no me refiero a esa, me refiero a la Academia de la Policía; allí nos mostraban películas de como son esos agitadores. Además me había caído mal con lo del discursito. Yo no soy un obrero. ¡Soy un profesional! Porque ser policía es ser un profesional. ¿Entiende? Obrero es el que no es profesional. Bueno, sí, me encuentro un poco nervioso; es que nunca había... Bueno, de vez en cuando daba mi bofetada o uno que otro macanazo; pero eso era antes de ser sargento. Desde que me ascendieron, usted sabe, ya uno no tiene necesidad; uno manda. ¿El próximo viernes? Está bien. Gracias por su ayuda. Sí, en la farmacia del Fondo del Seguro. Una cada seis horas. Bien, bien, pues... gracias.

“¡Caramba! ¡El doctorcito era buena gente; me va a recomendar favorablemente para la pensión! La oficina tiene su lujo; pero a la verdad que para estudiar medicina hay que quemarse las pestañas por largo tiempo. Tiempo... ¡Jum! tiempo es lo que me sobra a mí. Mucho tiempo... Todo el mundo tiene su lado flaco; el día que le robaron los vasos y los candelabros del altar de la iglesia al Cura, hasta el teniente pegó freno... En verdad me sorprendió cuando lo hizo, porque cuando supimos que los ladrones no habían respetado ni el sagrado templo y que se habían robado hasta el cáliz de la comunión, nos dio tanta rabia que... Bueno, recuerdo que el teniente me ordenó que le buscara a otros dos agentes más; para que juntos le arregláramos el asuntito ese al sacerdote; fue entonces, cuando el Padre Cura dijo que los cacos vivían en Canales; sí, ¡en el caserío Nemesio Canales! A la verdad que yo no había visto nunca al teniente tartamudeando. La cosa fue que pegó un frenazo que por poco deja las guaretas en la brea. Allá convenció al Padrecito de que para entrar al Caserío Nemesio Canales se necesitaba la Fuerza de Choque de la Policía; que Canales era territorio de nadie; y que él no deseaba arriesgar la vida de sus hombres. Y... ¡Y ese fue el mismo que me llamó blandito por lo de la huelga! ¡Blandito! ¡Más blandito es él que... ¡Ja! El Cura se quedó con la cara estirada, sin cáliz y sin candelabros. ¿Blandito? ¡So pendejo! Lo que pasa es que cada cual sabe como se bate el cobre; esos tipos de Canales no se quieren pa' na'; te limpian el pico sin encomendarse a nadie; y al otro día te encuentran con la boca llena de hormigas en un pastizal. ¡Y por el sueldo que a uno le pagan...!

¡Pobre infeliz, yo nunca quise... Le dije que se callara; se lo grité una y otra vez; pero siguió hablando y hablando. Todo porque ordené que se protegieran a los que querían entrar. Bueno, yo sabía que no eran empleados regulares, pero eso a mí me importa un pepino. El que quiera su trabajo que trabaje y que no se ponga a piquetear. Aquella mujer si que era tremenda artista; la verdad es que una cosa así para pasar un día completo echado... ¡no tiene precio! El mismo se lo buscó por seguir bembeteando; por no querer callarse, por eso... ¡Suerte que con la ayuda de mis compañeros todo quedó bien! Fue... un tiro que se le zafó a uno de los huelguistas. El caso se cerró y pa'lante. Bueno, no puedo quejarme; después del problemita, el Club Rotario me seleccionó Ciudadano del Año. Estoy a punto de pensionarme; y lo más importante es que la pensión no me impide conseguir algunos pesos adicionales con las chiripas que pueda hacer aquí y allá. Todo eso, más los cupones para alimentos; y con las conexiones que tengo... ¡Bueno para algo hice mis favorcitos! Lo del muerto fastidia; pero, sé que lo olvidaré; después de todo, no soy el primero. Todo es cuestión de tiempo. Cuestión de tiempo y del tratamiento...”

Andrés Díaz Marrero

lunes, 27 de agosto de 2007

La Apuesta

La conversación estaba en su máxima efervescencia; Goyo no dejaba de darle vueltas al «Sombrero Panamá» entre sus nerviosos dedos. Jacinto reía estrepitosamente; con una risa ronca y nerviosa mientras sacudía la cabeza, hacia ambos lados, en gesto de negar. Arturo, daba manotazos en el aire, con el rostro encendido, por la risa de Jacinto; y por el reto que se reflejaba en las caras de los demás. Alrededor de la mesa de dominó se habían amontonado los marchantes de la tienda rural; simpáticos espectadores de la porfía...

-¡Esos son cuentos!, ¿aparecidos? ¡Qué aparecidos, ni qué carajo! Después que uno se muere, ¡va pa'l hoyo y se acabó!

-Con la boca ehj un mamey... Prigunte a mano Monche lo que le pasó el año antipasao. ¡No fue pellizco 'e ñoco! No porque Monche no tuviese cría, pueh si alguno loh tiene en su sitio ehj él.

-No es cuestión de cría, sino de supersticiones. -replicó Arturo, arreglándose las solapas del gabán. Eran tiempos de Navidad y campo adentro se dejaba sentir una brisa fría. Los demás se defendían del frío abotonándose las camisas de mangas largas hasta el último botón.

-Supersticiones, ¡por eso es que están jodíos! ¿Cómo pueden progresar?

Arturo Morales, hablaba con la autoridad de hombre de mundo; del que ha viajado La Ceca y La Meca. Lo hacía con una leve inflexión de desprecio en la voz; con cierto disgusto mal disimulado. A los catorce años se había escapado de la casa; ¿casa?, cuatro estrechas paredes y un piso de tierra donde se albergaban sus padres, y sus otros seis hermanos menores. «El viejo», como él cariñosamente lo llamaba, era uno de los agregados de la hacienda; trabajaba en los cortes de caña. Allí en el corte, se lo fue tragando poco a poco el cañaveral.

Bien le vino fugarse, pensaba, ya que en la Capital y en Nueva York fue donde aprendió a desenvolverse. En San Juan, aprendió sus primeras palabras de «inglés goleta»; convirtiéndose en corto tiempo en el mejor guía de los marineros norteamericanos; que en tiempo de maniobras navales se desparramaban por todo San Juan. En breve llegó a conocer los principales burdeles de la capital. Su viaje a Nueva York fue gracias a la China, una prostituta con quien vivía y administraba. Ella lo convenció de cambiar de ambiente. «¡En niuyor los billes están a pasto!» -le decía, al ver la duda reflejada en la cara de Arturo; y añadía -de allá eh de onde vienen los gringos; to' ehjtan forrao de pesos; ¡y son unos pendejos!; pol «Foki-foki», pagan dieh pesoh y treh pa'l hotel, pueh loh empí no loh dehjan bajal a la perla... Loh de aquí sólo pagan treh peso y quieren que uno pase toa la noche con ellos.

New York, Chicago, San Juan; prostitución, bolita, quinielas... Como el mismo fanfarroneaba: -«me las he buscao bien; sin dar un tajo, ni en defensa propia» -Todo un decir, pues lo cierto era que había pasado una temporada en prisión, con dos muertes a cargo. Ahora todo eso quedaba atrás. Había regresado, al barrio de donde era natural, tras larga ausencia; y casado formalmente con «la China»; sobrenombre que no volvió a utilizar, pues, se acostumbró a llamarla por su verdadero nombre: Virgenmina. Su pasado desconocido por el barrio; unas cuantas pesetas; y doña Virgenmina Vera de Morales y Arturo Morales, iniciaron una nueva vida.

-¡Les apuesto veinticinco, es más, cincuenta, a que paso una noche allá arriba!

-Míe ujhteh don Alturo...

-¡Se los apuesto a cualquiera!

-Jehtá bien; yo le cojo veinticinco -dijo Jacinto-

-¡Veinticinco también! -añadió Goyo -y tras una breve algarabía, la apuesta ascendió a noventa dólares.

Goyo fijaba los términos de la apuesta -No tiene que dolmil allí; con dirse un rato, como a la media noche... y...

-¡No me cogen, ni por mil pesos! -exclamó uno de los presentes.

-Nohjotros lo ehperamos a la orilla del camino... ujhte sube solo. Aquí tiene el martillo y un clavo. ¡Suba y clávelo en el medio de la sala! -le indicó Jacinto.

La casa estaba localizada en una halda de suave pendiente. Aunque llevaba varios años sin habitar, reflejaba en su fachada que fue la codiciada propiedad del mayordomo de la hacienda. Fue precisamente en la sala donde ocurrió la tragedia... Cegado por los celos el mayordomo mató al hijo del patrón, a su mujer; y después, volviendo el arma contra sí mismo, se suicidó; disparándose un tiro por la boca. Su mujer, que no murió instantáneamente, dicen que entregó su alma echándole maldiciones a todo lo que encontraba a su alrededor, y a la casa. Desde entonces, nadie se acerca por sus alrededores. Los que la quisieron habitar tuvieron que abandonarla en forma intempestiva; ¡ninguno logró pasar tan sólo una noche en ella!

Arturo subió confiado; no era hombre que le cogía miedo al bulto; entreabrió la puerta principal; y al entrar sintió un ligero escalofrío.

-¡Estas navidades sí que están frías...! -murmuró entre dientes. La sala estaba completamente obscura; salvo un leve resplandor de luna que se colaba por algunas aberturas del techo y por la puerta entreabierta. Nada de encender luz; la obscuridad era parte del trato.

-¡Si yo no tengo necesidad de ganarme esos noventa pesos! ¿Qué necesidad tengo de estar haciendo este papel de pen... ¡Qué jodienda! Mejor que termine pronto. -se decía a sí mismo. Percibiendo un ligero temblor de sus manos -añadió -¡Lo que es la mente!, cuando uno esta solo... piensa demasiado; ¡cualquier cosa le trabaja! ¡Jum!

Se ubicó en lo que él creyó era el centro de la sala; se puso en cuclillas; sujetó el clavo con la mano izquierda; y con la derecha esgrimió el martillo como si se le fuera a escapar de las manos. Martilló apresuradamente. El silbido del viento, el ruido del martillo y el vibrar de las persianas al romper la densidad de aquel silencio, le provocaron un vuelco en el corazón. La saliva se le secó en la boca. Terminó de martillar. Sudaba copiosamente. Le temblaban las manos; y podía escuchar el castañeteo de sus rodillas. Entonces, trató de erguirse; y sintió un leve tirón; como si una mano invisible lo sujetara.

-¡Carajo! ¿Qué pasa? ¡Dejen el vacilón! ¡Cóño! ¡Esto no es parte de la apuesta! -Haciendo de tripas corazones, trató de incorporarse nuevamente; pero, le fue imposible; alguien o algo lo mantenía sujeto...

-¡Se acabó! Se van a... a... ¡a joder a su madre! -Gritó, mientras tiraba martillazos a diestra y siniestra. Pero todo resultó en vano; el pánico se apoderó de él. Empleando todas las fuerzas que le quedaban se impulsó hacia arriba; sintió que la tela del gabán se desgarraba; y un chorro de orines, calientes, le bajó hasta las medias. -Aulló frenético: -¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Ayúdenme por favor! Y bajó rodando por la halda, sin rasguños pero llevando el corazón en la boca, casi sin respiración.


Los vecinos se arremolinaron en torno a las aplanadoras y camiones de volteo. Los ingenieros que construían el tramo de carretera, que precisamente cortaba por donde estaba ubicada la «siniestra casa», ajenos a la leyenda y a los acontecimientos de la apuesta, no acertaban a entender la curiosidad de aquella gente.


Goyo, Jacinto, y, podríamos decir gran parte del vecindario, seguían cuidadosamente los trabajos de demolición de la casa que les había proporcionado noventa pesos de ganancia. El capataz entró en la casa antes de hacer detonar las cargas para asegurarse de que no había nadie dentro de la estructura. Al cruzar la sala dio un tropezón que por poco le hace caer. Al mirar hacia el piso se dio cuenta de que había tropezado con un clavo que sujetaba el bolsillo rasgado de un gabán.

-Compay Jacinto, ¿qué se jabrá jecho Don Alturo? -Preguntó Goyo mientras volteaba incansable su sombrero entre los dedos. Y con un dejo de picardía añadió _¡Dende la vez que se meó ensima no lo e volvío a vel...!

Andrés Díaz Marrero

Muñinguitos

Del vientre fértil de Lirio Rosales, fecundado por el abundante semen de Jacinto Flores, brotaban a montones niños sonrosados. Pero, cosa curiosa, apenas recién nacidos, en vez de continuar el proceso normal de crecimiento, empezaban a perder peso, se deformaban y acababan transformados en seres increíbles.

Tal vez por no tener nada que hacer, el más destacado vagabundo del pueblo se dedicó a observarlos con cierta curiosidad científica. A buen temprano, hiciera sol, lloviera o bajo una rayería o ventolera, Chus Alvarado salía de su casucha acompañado de Canelo, perro flaco y de muchas pulgas. Cruzaba la quebradilla por el umbroso paraje en que se habían enraizado una docena de gigantescos espaveles; pasaba entre un par de barrigonas ceibas, luego continuaba derecho hasta llegar a un ojoche y, finalmente, bordeando una pequeña ciénaga que se convertía en un maniadero en el invierno, buscaba acomodo entre un promontorio de rocas que había resquebrajado un añoso cenízaro.

Había muñinguitos de todas formas, colores y tamaños. Algunos de ellos formaban esa babilla verdosa alrededor de la laguneta en el invierno; otros, con el calor del sol se convertían en excrecencias sólidas que eran el origen de rocas negras y piedras blancas. Pudo comprobar también que, esos bichejos negros, los que al caer la noche iniciaban un aleteo frenético, salían del rancho al atardecer.... no eran más que muñinguitos transformados. Por recuento del número de salidas diarias de los muñinguitos y mediante observación del tipo de actividades, confirmó que eran los causantes de las enfermedades que periódicamente atacaban al ganado. Chus afirmaba que la plaga de langostas provenía también del rancho de los muñinguitos, sobre todo aquellos que huían al ruido de las latas, ya que igualmente había que gritarles para espantarlos, cuando al pasar por la callecilla cerca de la quebrada, ellos lograban verlo a uno con sus ojos saltones, y a emitir extraños ruidos con su boca desdentada., y a colgarse de las personas con sus manos frías y viscosas, y a pedir pan y pedir ropa y a gemir; a llorar sin saber uno por qué, y a contornear sus cuerpos esqueléticos desnudos. Sólo a gritos, lanzándoles piedras y a pasa rápido, podía uno ponerse a salvo.

Las observaciones progresaban, pero curiosamente, permanecía elusiva la forma en que ocurría la transformación, ya que no se pudo descifrar el misterio, al conocerse sólo los dos extremos del fenómeno: por un lado, desmedrados y deformes, los munñinguitos; por otro, los murciélagos, las pestes, las langostas y el mal olor de la ciénaga. Tan sólo faltaba atar cabos y descubrir los procesos intermedios de transformación, que por cierto quedaron inconclusos.

Cuando de Chus Alvarado sólo apareció el esqueleto, mondo y lirondo y del perrillo, la calavera - a juicio de la gente --, fue una comprobación post morten de sus observaciones: había muñinguitos pirañitos, y lo peor de todo es que nadie le había dado mucho crédito hasta aquel momento. La gente empezó entonces a sopesar las locuras de Chus y a pensar que, en efecto, esos bichos feos podrían ser los causantes de las gusaneras del ganado, de la sequía y de las malas cosechas, del mal de ojo y del pujo de las gallinas. Y como prueba de que esos muñinguitos eran cosa mala, hasta resultaron resistentes al fuego, pues quemado el rancho con el matrimonio y toda la prole adentro, persistieron las enfermedades y las plagas, y el sol quemantte del verano y las inundaciones del invierno y la babilla verdusca de la ciénaga.

---- FIN ----

Orlando Morales Matamoros